Yo no te había dicho que la conversación del otro día había versado sobre los casamientos desgraciados, a propósito de ese loco de Subligny que ha terminado su carrera novelesca casándose con una bailarina. Yo me he apoyado en este ejemplo con un calor y una abundancia de ideas, que debía, más que a la riqueza del asunto, a ciertas circunstancias de mi situación particular. He sostenido que no había nada más imperdonable, más antisocial, en toda la fuerza de la palabra, que las desuniones morales, y que eran extremadamente difíciles porque es raro que las almas nobles no se aproximen a sus semejantes, como dice Shakespeare, o que se dejen engañar tanto tiempo por los impostores para llegar hasta el momento de formar un nudo tan solemne, sin haber tenido la triste dicha de desengañarse; que lo que se llama un matrimonio equivocado, en la acepción general que se refiere solamente a la diferencia de posición social, no podía chocar más que el más absurdo, el más absurdo de los prejuicios; el que atribuye a una clase especial facultades especiales, o, mejor dicho, exclusivas; que como yo no sabía de nadie que se hubiese atrevido a decir que la virtud se probaba por títulos o se adquiría por privilegios, no veía por qué se había de prohibir a un hombre sensible y delicado el derecho de buscar la virtud donde se encuentre; que era una cosa atroz, en fuerza de ser ridícula, condenar a una mujer interesante, dotada de todas las cualidades y todas las gracias, a la desesperación de no pertenecer jamás al objeto amado, porque esta infortunada, a la que la naturaleza y la educación han concedido todos los dones, se veía privada por el azar de una circunstancia que no depende más que del azar; que si los grandes talentos imprimen a aquellos que los poseen un carácter incontestable de nobleza a los ojos del siglo y de la posteridad, el ejercicio privado de los deberes más difíciles de llenar de la religión y de la moral, aunque fuese un título menos brillante a los ojos del mundo, no era un título menos recomendable para las almas rectas y honradas; que, en consecuencia, yo nunca me atrevería a censurar una alianza del género de la que se hablaba, si podía encontrar en ella la feliz armonía de costumbres y de carácter, que es la única garantía de felicidad de los matrimonios y de la prosperidad de las familias.

Es probable que estos razonamientos hayan parecido totalmente indignos de contestación al señor de Montbreuse, porque se ha contentado con mirarme severamente sin hablarme, al mismo tiempo que dirigía a Eudoxia una mirada de inteligencia en la que me ha parecido descubrir no sé qué de desprecio y de amargura. Eudoxia misma, cuyas ideas son bien opuestas, no me ha parecido que hiciera tampoco suficiente caso de mis razonamientos para respetarlos seriamente; se ha contentado con algunos lugares comunes, a los que las gracias de su elocución y la firmeza de su ironía han prestado más agrado que solidez. Adela me escuchaba con emoción, porque sus mejillas estaban muy animadas, pero en vano he tratado de encontrar su mirada. La señora Adelaida sonreía al principio, pero después su fisonomía ha adquirido un carácter más grave. Ha comentado dulcemente mis palabras reprochándome, de una manera afectuosa, el ardor que demostraba en la discusión y el entusiasmo con que había abrazado las ideas más extraordinarias y con frecuencia tan funestas. Se ha lamentado de la facilidad con que los hombres de esta generación se apoderan y propagan los sofismas, cuyas consecuencias no aprecian, y que tienden a desnaturalizar sucesivamente todas las relaciones de las cosas. Concediéndome que había verdades noblemente sentidas en lo que acababa de decir, me recomendó que reflexionase sobre el origen y los efectos de esas conveniencias morales, por otra parte tan respetables por la autoridad que han ejercido sobre nuestros antepasados, y por la consagración casi religiosa que han recibido de los siglos, cuyo juicio definitivo es, en último análisis, toda la razón social, añadiendo, con el tono de una resignación modesta, y no de una convicción imperiosa, que el deber del buen ciudadano es someterse a las instituciones establecidas ni discutirlas, y que, puesto que la imperfección de los hombres les hace tributarios esenciales de ciertos errores sancionados por la necesidad o por el tiempo, el interés del género humano prescribe a los corazones rectos y sensatos el deber de plegar su razón a la conveniencia común.

Es posible que esto sea verdad. Y cuánto no daría yo porque no quedasen más que recuerdos de esta débil demarcación que el azar del nacimiento ha trazado entre algunas familias y la gran familia humana; de esta circunstancia tan extraña a mi voluntad, que me ha sometido a un orden particular de costumbres y de obligaciones, que ha restringido, comprimido, roto la independencia de mi corazón; que me ha prohibido los afectos más simples y más dichosos; que me ha separado de Adela y de la felicidad.

¡Separado! ¡Bárbaro prejuicio! ¡yo te entrego a la indignación de las almas fuertes y sensibles!

¡Separado! ¡a mí, que atravesaría el globo por un beso de sus labios!

¡Separado! ¡Ven, ven sobre el corazón de Gastón, pobre huérfana que los hombres rechazan! ven con confianza, y te juro por la inocencia y el candor de tu alma, que todas las potencias del infierno no conseguirán separarnos.

16 de mayo.

Nunca había sido tan asiduo al bosquecillo como desde hace algunos días, ni nunca mi herbario había aumentado con tanta lentitud. Esto extraña mucho a Latour que se interesa por mi herbario, como por todas mis distracciones. En cambio, no te extrañará a ti, que sabes que Adela pasa por allí todos los días. Ya habrás notado que entre esta carta y la anterior hay una gran distancia y habrás creído sin duda que la abundancia de sensaciones ha podido distraerme durante muchos días de mis más dulces ocupaciones. Todo esto es verdad, mi querido Eduardo, y, sin embargo, no tengo nada nuevo que decirte, porque mi amor no es ninguna novedad para ti, y toda mi vida se encierra en él.

Yo no te había dado sobre el origen de Adela más que informes imperfectos, recogidos del vulgo. La señora Adelaida me había dicho algo más, pero no lo suficiente para satisfacer mi curiosidad, que, por otra parte, temo mostrar demasiado abiertamente. En fin, el otro día, me informé por la misma Adela, mientras la acompañaba del bosque a la aldea, abordando con todos los rodeos que exigía una cuestión tan delicada; y como este relato no carece de interés ni aun para las personas más extrañas a todo lo que me atañe, quiero hacértelo oír de labios de la propia Adela, tal como yo lo he oído. Perdóname si, con la sencillez de sus palabras, no he tenido la dicha de conservar su gracia natural y esa efusión tan fácil y tan conmovedora de sentimientos que le presta el encanto más atractivo. Hay cosas que no se pueden expresar.

«—Mi padre—me dijo Adela—nació en Valency, de una familia de labradores muy ricos. Se llamaba Jaime Evrard, y como anunciaba un talento y unos modales muy superiores a la mayoría, sus padres resolvieron darle una educación adecuada que le hiciera apto para seguir una carrera más brillante en el mundo que la que ellos habían recorrido. Sus progresos superaron a todas las esperanzas, pero inútilmente. En aquel tiempo llovieron las desgracias sobre mi abuelo; malas cosechas, dos incendios que consumieron sucesivamente su casa y su granja y, en fin, la pérdida de un proceso considerable, cambiaron su fortuna en miseria. Era imposible llevar a la práctica los proyectos que tenía sobre mi padre y se entregó a la desesperación.