»Jaime Evrard entró en un regimiento que estaba de guarnición en Saumur. En aquella época mi padre era aún muy joven, de una figura arrogante y simpática, de un valor a toda prueba, y a esto unía gran número de esos talentos agradables que abren a los que los poseen las puertas de todas las sociedades. Estimado por su coronel y por sus oficiales, había ya ascendido dos veces seguidas con una rapidez insólita en el servicio, pero sin que despertase la menor envidia en sus camaradas, que hacían sincera justicia a sus condiciones. En fin, la mayor parte de sus superiores se habían acostumbrado por anticipado a mirarle como a un igual. El azar hizo que una señorita de aquella ciudad, que pertenecía a una noble familia, se fijase en él y que, sin darse cuenta de su inclinación, se acostumbraban de tal modo a él, que no podía pasar sin verle. Bien pronto sintió que aquella inclinación era amor, pero era tarde para poner remedio; por lo menos ella lo creyó así, y mi padre con ella. ¿Qué más le diré, señor Gastón? Yo fui el fruto de aquel error.
»Mi madre no pudo disimular su falta a sus padres, y éstos, aunque cariñosos y buenos, eran demasiado orgullosos para tolerar que Jaime Evrard la reparase. Se limitaron a tomar las precauciones necesarias para ocultar mi nacimiento a todo el mundo, y me enviaron con mi nodriza a esta aldea, donde fui bautizada bajo los auspicios de la señora priora. Ya comprenderá usted que no me dieron este asilo sin motivo, y que mi madre se complacía pensando que yo crecería bajo los ojos de un padre atento, a todas mis necesidades. En efecto, habiendo cumplido el tiempo de su compromiso, sacrificó algún tiempo después la esperanza de todo ascenso para tener el placer de no alejarse de mi lado y de ver desarrollarse poco a poco en mis facciones el parecido con una persona que le era tan querida. Aun fue más lejos en su ternura. ¿Se hubiera considerado dichoso si no me hubiese podido llamar su hija? La nodriza que me había dado, joven y desgraciada víctima de una inclinación engañadora, pasó por mi madre y su esposa. Unicamente la señora Adelaida estaba en el secreto.
»Así fui educada y, a decir verdad, mi infancia no transcurrió sin alegrías. La amistad de mi buena madrina, los cuidados atentos y verdaderamente maternales de la nodriza, a la que yo creo con títulos aún más sagrados a mi reconocimiento, y sobre todo el afecto de mi padre, lo embellecían todo. Unicamente, cuando volvía del campo le sentía aún algunas veces bañarme con sus lágrimas, pero yo no me inquietaba, pensando que lloraba de alegría.
»No obstante, mi verdadera madre continuaba profesándonos el mismo cariño. Escribía con frecuencia a mi padre, y le comunicaba sus pesares y sus esperanzas. Hacia el tercero o cuarto año de la Revolución, su padre la dejó sola en Saumur, para ir a servir al rey en su ejército de la Vendée, y ella entonces quiso aprovechar la libertad de que gozaba para verme; porque hacía mucho tiempo que había perdido a su madre. Fue un hermoso día para nosotros aquel en que nos llegó la noticia del inesperado viaje. Aun cuando yo fuese muy joven para comprender claramente aquellas cosas, mi padre me las hizo comprender como mejor pudo, y partimos después de breves preparativos, que a él le parecieron demasiado largos. En fin, fui devuelta a aquella que me había dado la vida y la hice presente de la ternura que otra la había robado, pero sin olvidar tampoco mi reconocimiento para aquella al lado de la cual había crecido. Yo era muy dichosa; ¡pero aquello duró tan poco!...
»Mi padre había concebido un proyecto digno de un alma tan noble, y mi madre lo había aprobado. Las guerras civiles, que habían llegado a un período culminante, abrían una carrera fácil a los hombres de resolución, y él no desesperaba de adquirir, a los ojos de mi abuelo, tales títulos de gloria, que le permitiese casarse. Fue por eso por lo que nos abandonó, llevándose la esperanza de volver pronto para no dejarnos ya más.
»Durante su ausencia, mi madre me había colocado en un colegio al cual iba a verme con frecuencia. Pasaba allí por una huérfana y me guardaban toda clase de consideraciones. Cuando estábamos solas, hablábamos de mi padre y llorábamos largo tiempo juntas. Al cabo de algunos meses advertí que aun tenía otros disgustos que no me decía, pero me limitaba a afligirme en secreto y no le preguntaba nada. En fin, un día dejó de visitarme; así pasó una semana, un mes, y nadie sabía darme razón de ella. Comprendí que había acabado toda dicha para mí y que en vano esperaría a mi madre. He aquí lo que había pasado:
»Las esperanzas de mi padre se habían realizado. Actos del mayor heroísmo habían hecho que sus generales se fijasen en él y acababa de ser promovido al grado de jefe de división.»
—Es verdad—exclamé yo interrumpiendo a Adela—, se llamaba Mario Evrard.
—Ese era su nombre de guerra—contestó Adela.
—Sí—continué yo—, me acuerdo como si fuese ahora. El general, rodeado de enemigos, estaba a punto de sucumbir; su caballo yacía muerto a sus pies, y él mismo, gravemente herido, no oponía ya resistencia alguna. De pronto, el capitán Evrard atraviesa por entre aquella multitud atónita ante su temeridad, arranca al general de las manos que se disputan el honor de darle el golpe de gracia, y vuelve a nuestras filas bajo una lluvia de balas que no le alcanzaron. El grado de jefe de división fue, en efecto, el premio de su valor, pero desapareció pocos días después, y todos quedamos convencidos de que había perecido en una emboscada.