Así se terminó, mi querido Eduardo, la historia de los padres de Adela; y muchas veces, durante su relato, mis lágrimas se unieron a las suyas. Sobre las consecuencias de esta confidencia y sobre las ideas nuevas, que ha hecho nacer en mí, te abriré sinceramente mi corazón y pronto te hablaré con el abandono sin reservas a que me da derecho nuestra fraternal amistad. Por hoy, confórmate con tus propias sensaciones... Ya comprenderás, mi querido Eduardo, que es un holocausto que debo a la virtud, al honor y al amor. ¿No habrá nadie que me diga quién es Maugis?

19 de mayo.

Es tiempo ya de que alivie mi corazón del peso que le embarga. Estos días se me han hecho tan largos, como cortos los hubiera querido mi impaciencia. ¿Qué consideraciones me detienen? me preguntaba yo, y puesto que toda mi dicha es ella, ¿quién me impide cerciorarme de su amor? No obstante, te lo confesaré, me parece que olvido mis resoluciones cada vez que llega la ocasión de llevarlas a cabo, y así he llegado hasta hoy. Te contaré el acontecimiento que ha triunfado de mi indecisión.

He leído una novela nueva, cuyo héroe me ha conmovido—sea que su situación tenga con la mía esas relaciones que nos identifican a nuestro pesar con un desconocido, sea que se parezca algo al hombre que yo hubiera querido ser si esto hubiese dependido de mí. Y no es que yo apruebe absolutamente los caracteres novelescos, sobre todo en una sociedad bien organizada, donde están casi siempre fuera de lugar por su loca exageración y necia ingenuidad; pero hay ocasiones en que el capricho de la imaginación más extravagante vale más que todo aquello que uno está obligado a ver a su alrededor y que es como una compensación de todas las tristes realidades del mundo. Viniendo al hecho te diré que mi juicio sobre este héroe imaginario había sido para la brillante Eudoxia un motivo inagotable de ironías, mientras que el título de la novela excitaba cada vez más la curiosidad de Adela, y aunque bien convencido de que nada hay más pernicioso para la curiosidad de una joven cuya sensibilidad comienza a desarrollarse que la lectura de una obra de ese género, y sabes tú, además, que no entra en mi manera de ser calcular el efecto que podría producir sobre un alma ingenua y tierna—¡combinación cobarde y odiosa cuya sola idea me subleva!—no he podido negarme a dejarle ese libro; ¡tanto es el poder que ejerce sobre mi voluntad el menor de sus deseos! Hoy, cuando ya empezaba a impacientarme de la tardanza de Adela en pasar por el bosque, y recorría agitadamente el sendero que conduce a Valency, la he visto venir con el aire preocupado, la cabeza inclinada y el libro en la mano. Tan pronto como me advirtió, me lo devolvió con una sonrisa triste y echó a andar a mi lado sin decir nada. «Y bien—le dije yo—, ¿qué piensa usted de ese loco, de ese insensato cuyo solo nombre subleva a la señorita Eudoxia? ¿Le parece a usted tan odioso?» Adela no me contestó nada, pero algunas lágrimas rodaron por sus mejillas y su mano tembló en la mía. «¡Oh mi buena Adela!—exclamé yo—, dichoso el corazón que sea el preferido del tuyo, ¡mil veces dichoso el hombre a quien ames!» Y llevé con pasión aquella mano que retenía a mis labios. «¡Qué hace usted, Gastón, señor Gastón! ¡qué hace usted, en nombre del Cielo! Déjeme—continuó con voz alterada—, ya sabe usted que soy Adela Evrard.» Mi pecho estaba hinchado, mi cabeza turbada, mi respiración anhelante. «Adela, hermana mía, esposa mía, mi bien amado, único objeto de todos mis pensamientos, único encanto de mi existencia, mi consuelo, mi esperanza, eso es lo que eres para tu Gastón.» Y mis lágrimas, lágrimas deliciosas, regaban mis mejillas. Sintiéndome vacilar, me senté en uno de los bancos que, como ya te he dicho, rodean la glorieta, y apoyé la cabeza sobre mis manos. Pasado algún tiempo levanté los ojos, y vi a Adela de pie y vuelta al otro lado, que confeccionaba un ramo de flores. Me levanté, fui hasta donde estaba y le pasé dulcemente un brazo alrededor del cuello, sin osar decir nada.

«Vea usted—me dijo—, vea usted las hermosas flores que he cogido; quisiera saber cómo se llama ésta.» Era la encantadora flor que se llama la silvia, porque no prospera más que en los lugares salvajes y a la sombra de los bosques. Me acordé de la linda estrofa del poeta alemán y la repetí en voz alta:

«Es la silvia, la fresca silvia, la dulce anémona de los bosques. No hay ninguna florecilla que pueda rivalizar contigo en gracia y en belleza, cuando tú balanceas al soplo del aire tu corona blanca y rosada. Toda la pompa de las otras flores, sin exceptuar a la rosa, no puede compararse con tu modesta belleza. Tu tallo enervado es el emblema de la melancolía, y la movilidad de tu cáliz flotante expresa las agitaciones de un corazón joven. Que el Cielo, ¡oh la más amable de las flores!, multiplique a tu alrededor la blandura de los tapices húmedos, la frescura de las nuevas sombras y el soplo de los nuevos céfiros. Esta silvia, la fresca silvia, la flor de la soledad y de la primavera, la dulce anémona de los bosques.»

Adela había olvidado ya su ramo e iba a dejarlo caer de su mano, cuando yo me apoderé de él para llevarlo sobre mi corazón. Entonces me dijo dulcemente: «Gastón, no volveré más.» No obstante, nuestro paseo fue tranquilo. Y lo que es más singular, es que nuestra conversación era tan vaga, como si se hubiese tratado de dos personas extrañas, y, sin embargo, no hay ninguna de esas palabras indiferentes cuyo recuerdo no me abrase el corazón. Cosas que no me hubieran parecido dignas de atención en otras circunstancias; ¡producían sobre mí una impresión tan extraña! ¡Oh encanto delicioso que lo anima todo, que lo embellece todo, que esparce sobre la vida una luz de divinidad! Y los mismos sentidos, alucinados por la embriaguez del alma, no sueñan más que perfumes, luces, melodías celestes. Es el ideal de un paraíso.

Ya oigo la eterna cantinela del prejuicio que grita a mi oído: «Es la hija ilegítima de Santiago Evrard. ¡Gastón, ésa es tu amante!» Sí, es la hija ilegítima de Santiago Evrard y ése es, Adela mía, el más precioso de tus títulos. Cuanto más desgraciada hayas sido, más delicias hallaré para colmar tu porvenir de una dicha sin vicisitudes. ¡Ilegítima! ¿es que el amor, la constancia, la gloria, los mismos deseos de tu abuelo, no te han legitimado ya? Esa ceremonia fría y seria que se llama el matrimonio, ¿hubiera ornado mejor tu nacimiento que el último beso que se dieron tus padres ante Dios, el pueblo y los verdugos, que el sacramento de sangre que los unió en la eternidad?... ¡La hija de Jacobo Evrard! Campesino o soldado, ningún hombre le ha superado en nobleza, y si la nobleza es el premio de las más raras acciones, ¿el que la transmite a los suyos no es más noble que el que la recibe de él? ¡Nacer noble es obra del azar! serlo por su valor es la más alta fortuna del heroísmo. ¡Un campesino! dicen. ¿Es que no sabéis, ridículos seres, que la nobleza data de las grandes revoluciones políticas, que nace, envejece y se renueva con los imperios? La verdadera nobleza, como se entiende, en las monarquías, nace con un rey y muere con él. No brilla más que alrededor de un trono que se eleva o de un trono que cae. Los guerreros que levantan un rey sobre su bandera, los guerreros que mueren con su raza, he ahí a los nobles. Yo no reconozco más títulos que los que se han sellado con la espada o sancionado en el cadalso. El resto no es más que un estado llano ilustrado con cartas de nobleza.

Además, ¿qué importa en la situación actual de la sociedad? Después de un orden de cosas que ha terminado, no son los nobles los que quedan, sino los héroes. Nadie se preocupa más ahora del padre de Coriolano que del de Espartaco.

Y después de todo, ¿tengo necesidad de buscar tantos razonamientos para justificar lo que en mí es ya una resolución invariable? ¿No basta para mí y para todos los que me aman que este afecto sea el único capaz de hacerme gozar de una pura felicidad? ¿Cederé al temor de los rumores imbéciles del populacho distinguido? ¿Careceré de fuerza para desafiar la censura de esos corazones estériles, llenos de orgullo y de egoísmo, las burlas de alguna mujer altanera, el desprecio de algún miserable enriquecido?