No, Eduardo, no, porque me siento libre.
Ya sé que será preciso evitar, huir de esa sociedad cuyo aprecio tanto buscan los otros, y que prodiga éste o lo retira de acuerdo con las reglas más extrañas y más inciertas. Tanto mejor. Yo siempre he aspirado a circunscribir mi vida, a encerrarme en el círculo de algún afecto, a no dar a las conveniencias y a las costumbres comunes más que aquello que no les puedo quitar. Trataré de vivir para mí. Y ahora pueden venir a estrellarse alrededor de mi retiro, como al pie de una roca inquebrantable, todas las tempestades del mundo, y desvanecerse, sin llegar hasta mi corazón, los murmullos insensatos del odio y de las prevenciones. ¡Cuánta piedad me inspiran esos desgraciados atormentados por la necesidad de vivir en contacto con todo lo que les rodea, que marchan apresurados en medio de la multitud, apartando penosamente lo que se opone a su paso, empujando a los débiles o pisoteándolos, y siempre dispuestos a sacrificar víctimas humanas a sus prejuicios, como los bárbaros a sus dioses!
25 de mayo.
Estos últimos días tienen la frescura de uno de esos sueños consoladores que uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas que dura este encanto y consulto con mi corazón para convencerme de que no es una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientos terribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en mí una conciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura. Oigo decir a muchas gentes, deplorando la muerte de un amigo, que la muerte no quiere más que a los dichosos y que es bien cruel ser herido por ella en medio de la juventud y de los placeres, en el mismo instante en que todo comienza a sonreírnos y a halagarnos. Y, no obstante, es entonces cuando deberíamos morir, antes de que el telón descendiese sobre nuestras quimeras, cuando el encanto dura aún y el bien pasajero de que disfrutamos no se ha convertido en irreparables dolores. Con frecuencia me siento poseído de una alegría tan poderosa que entonces reúno todas las fuerzas de mis sentidos para gustar la posesión de este presente fugitivo y fijarlo por un momento. En ese estado quisiera morir.
¿Concibes tú cuán amarga y cuán espantosa es la muerte de un infortunado que lo abandona todo; desengañado de la existencia, asustado de la nada, rechazando, para morir más tranquilo, algún dulce recuerdo cuyo contraste haría aún más horrorosa su agonía, y exhalando el último suspiro entre unos brazos fríos y sobre un pecho que no se agita?
Yo quisiera morir, yo quisiera haber muerto hoy.
Ella estaba allí—contra mí, inclinada sobre mi pecho y llorando de emoción. «Sí, le he dicho—, ante Dios y ante los hombres prometo no tener otra esposa.» «¡Cállese!—ha exclamado—, Gastón no es un perjuro y, sin embargo, promete ante Dios una cosa que nada puede hacer posible.» «¿Qué obstáculo puede haber?» «No, Gastón no puede ser el esposo de Adela. Gastón no es un hombre del pueblo, oscuro y pobre; el esposo, el único esposo que conviene a mi estado y a mi indigencia.» «Gastón será el esposo de Adela, he dicho yo. Es una reparación que te debe la Providencia. Yo pagaré la deuda de la sociedad.» Yo le he dicho, Eduardo, y lo juro por mi honor, que es preciso que ese deseo se cumpla.
Estábamos tan preocupados, que a poco nos sorprende el crepúsculo en el bosque. Al dejar a mi Adela he querido, he osado estrecharla otra vez en mis brazos. Uno de los suyos me rechazaba débilmente, el otro me retenía... Un deslumbramiento semejante al que produciría la claridad de un meteoro ha turbado de pronto mi vista, mi cabeza se ha inclinado y mi boca se ha encontrado con su boca. Una oleada de fuego ha descendido hasta mi corazón. ¡Incomparable voluptuosidad! ¡Es un beso de Adela, la huella, la dulce huella de sus labios, la que reposa sobre los míos! ¡Oh! la conservaré entera, inalterable. No la borraré jamás. ¡Que perezca el día en que profana esa preciosa prueba de amor, en los labios de otra mujer; el día en que una boca inanimada, insensible, marchite la flor húmeda de tu beso! ¡que se aniquile mi alma antes que yo cometa tal sacrilegio!
¡Qué difícil de soportar es el peso de mis sensaciones! ¡Quién hubiera creído que tuviese tantas fuerzas para la dicha!
27 de mayo.