Jamás he vivido tan rápidamente, jamás me he visto obsesionado por tantas preocupaciones. Un solo día de mi vida actual reúne tantos sentimientos tumultuosos, temores, esperanzas, alegrías, tormentos, proyectos, irresoluciones como el resto de mi existencia pasada. No encuentro mejor comparación para este estado que el de un febricitante cuya imaginación enferma, extraviada en un mundo desconocido y perseguida por reminiscencias confusas, pasa al azar de un objeto a otro, une bajo el mismo punto de vista los contrastes más extravagantes, las imágenes más disparatadas, y se pierde en esas transiciones sin motivo y sin fin, tan incapaz de formar juicio de sus sensaciones como de elegirlas. Si de cuando en cuando me atrevo a razonar, el minuto que sigue me desilusiona y estoy como un alma en pena suspendida por los espíritus malignos entre un cielo y un infierno.
Yo había acompañado a mi madre al castillo de Valency, donde debíamos encontrar la sociedad acostumbrada, y, por consiguiente, al señor de Montbreuse, cuyas asiduidades tienen, quizás, algo de notable. Era natural que la conversación recayese sobre el asunto más propio, a interesar, en aquel círculo orgulloso, la vanidad de todos, y no me extrañó, por lo tanto, ver renovar la eterna tesis de la superioridad moral de la nobleza. Pero he aquí que después de haber sentado en principio que únicamente entre nuestra clase se encontraban esas delicadas ideas del honor y esa elevación de carácter y de sentimientos que son el fruto de una educación adecuada a nuestro destino social, han asaltado el edificio novelesco de las falsas virtudes del estado llano y las han reducido implacablemente a un simple espíritu de emulación, de la cual nosotros tenemos también el honor de ser el vehículo: disertación que, seguramente, no me hubiera sacado de una meditación completamente extraña a lo que allí se decía, ni a propósito de la inalienable bajeza de los parias de Europa y de la poca confianza que había que tener en las costumbres del pueblo, no hubieran citado... ¡Gran Dios, mi sangre hierve al sólo recordarlo!... Se trataba de esa joven educada con tanto cuidado a la vista de Eudoxia, que hubiera respondido ciegamente de su inocencia... ¡Se trataba de Adela!... A este nombre perdí los estribos y, con un tono de voz que denotaba más cólera que curiosidad, pregunté el crimen que había cometido. «Casi nada—dijo Eudoxia—, una de esas cosas para las cuales su filantropía sentimental de usted reserva seguramente toda su indulgencia; una de esas pasiones decentes y platónicas que producen tan buen efecto en los dramas y en las novelas; un noble y tierno afecto por algún palurdo de la aldea inmediata, al cual va a hacer todos los días inocentes visitas que acabarán Dios sabe cómo. Ya ve usted que esto no vale la pena ni de decirlo; pero no encontrará usted menos justo que yo la arroje de mi casa, mientras espero que sus elocuentes declamaciones me hayan desengañado del todo de ciertos miserables prejuicios a los que tengo la debilidad de atenerme aún un poco.» «Ese sarcasmo es injusto—le he contestado—en un asunto como éste, en que se trata nada menos que de perder para siempre a una joven irreprochable; pero no es a mí a quien toca justificarla, y no dudo que la señora priora hará el sacrificio de su modestia a un interés tan precioso; ella conoce el motivo que conduce todos los días a Adela a la aldea, y la ironía ha encontrado, sin saberlo, la expresión justa cuando ha calificado de inocentes visitas el viaje oficioso de la caridad.»
La priora estaba presente y a mí me extrañaba que no me hubiese ya interrumpido. ¡Figúrate mi dolorosa sorpresa cuando al fijar mis ojos en ella vi que los suyos estaban humedecidos por las lágrimas y que me miraba con un aire inquieto, como para penetrar mi intención y adivinar lo que yo había querido decir: «¡Qué, señora!—añadí—, ¿no iba por orden de usted para llevar algún encargo de usted?...» Un signo negativo... y ni una palabra, como si la hubiera costado demasiado condenarla más positivamente. Confieso que no esperaba semejante golpe y que hube de salir para ocultar mi desesperación y mi confusión.
Me interné en el bosque sin saber a ciencia cierta a dónde iba, pero impaciente por alejarme del lugar que dejaba y por quedarme solo con mis pensamientos; hubiera sido dichoso en aquel momento si hubiera podido aislarme también de mis pensamientos, y si hubiese bastado un acto de voluntad para borrar el pasado. En fin, sea que la casualidad lo hubiese decidido así, sea que me hubiese dirigido hacia aquel punto sin darme cuenta de mi deseo, me encontré cerca de la aldea a donde tenía costumbre de acompañar a Adela y reconocí la miserable choza donde tantas veces la viera entrar. Me era tan fácil informarme exactamente en aquel lugar, tenía yo una necesidad tan grande de quedar tranquilizado—o convencido, porque mi alma tiene mayor energía para la desgracia que para la incertidumbre—, estaban tan comprometidos mi vida y mi honor en aquel misterio, que no vacilé en entrar en aquella pobre casa, sin pensar siquiera en la impresión que podría producir en el estado de agitación en que me hallaba.
La familia estaba reunida en una habitación bastante espaciosa, y todo anunciaba la indigencia. Un anciano de aspecto respetable estaba acostado en un rincón sobre una tarima cubierta de paja, y a su lado una mujer, también vieja, le hacía beber un brebaje y volvía de cuando en cuando la cabeza para enjugar una lágrima. Una niña de diez o doce años había dejado su rueca para tapar las piernas del enfermo con un trozo de alfombra vieja que le servía de manta. Dos o tres niños indiferentes a aquel espectáculo, jugaban sobre el umbral de la puerta a los rayos del sol poniente, con una alegría tan llena de franqueza y de despreocupación, que se me oprimió el corazón. Me senté al extremo de un banco roto y traté de recoger mis ideas para saber lo que tenía que decir; pero cuanto mayor era la impaciencia de saber la verdad de todo lo que me inquietaba, mayor era también el temor de saber algo que pudiese destruir todas mis ilusiones a la vez. Estaba arrepentido de haber ido.
Por fin me decidí y pregunté a aquella buena mujer si tenía hijos. Me parecía que sentiría menos el golpe que esperaba si lo iba recibiendo poco a poco. «¡Ay!—me respondió—, no tenemos más que uno que es para nosotros un continuo motivo de disgusto. Dios le ha dado una terrible desgracia. Está enfermo de epilepsia desde la edad de diez y ocho años y no puede trabajar. Los médicos han renunciado a curarle—añadió llorando—, y esto ha aumentado su tristeza, con lo cual aun ha empeorado. Tenía también una hija que estaba casada, pero su marido fue muerto en la guerra cuando iba ascender a suboficial, y ella pronto hará también seis meses que murió. Estos niños son suyos.» Los niños se habían agrupado detrás de mí. «Es una desgracia muy grande—le dije yo—, pero al menos a usted la socorren. Yo creo que esta aldea pertenece al señor de Montbreuse, y que el castillo es suyo también. Es un hombre sensible y caritativo que no deja padecer a los pobres.» La mujer no dijo nada, pero me miró con extrañeza, y sin hablar de Montbreuse empezó a bendecir a las buenas almas que la amparaban. Los nombres de la señora priora y de Adela, estrechamente unidos en un reconocimiento, acudieron muchas veces a sus labios con tal convicción que yo no podía dudar de su sinceridad. Después de haber dejado lo poco que contenía mi portamonedas en aquella triste mansión de la indigencia, salí un poco más tranquilo, pero aun sintiendo mucha incertidumbre.
A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre de elevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta años, pálido, con la cabeza inclinada, los brazos caídos y los hombros cubiertos de largos cabellos negros. Al mirarle más atentamente, vi en sus ojos extraviados un aire de melancolía sombría que me hizo comprender que se trataba del hijo de los infortunados que acababa de dejar. «¿Qué tal, amigo mío—le dije—, te encuentras ahora mejor?» «¡Oh! yo creo que estaré mejor—contestó—cuando los árboles cambien la hoja, y cuando los prados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez no habrá primavera. El sol es blanco y frío, las flores no tienen fuerza para abrirse y no se oyen en el campo más que pajarillos piando en los breñales. ¡Antes había un aire tan dulce, tan agradable cuando empezaba a caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahora son brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuando rechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver una primavera como las de mi juventud, me parece que me curaría, pero no las veré ya.» Quise hablarle de Adela y me interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios. «No hay que nombrarla tan alto—me dijo—, podría desvanecerse. Los ángeles no hacen más que pasar sobre la tierra. Jamás se les ha visto envejecer. ¡Dios los envía alguna vez para consolar a los pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado! Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegría, porque les place volver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno por casualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porque ya no volvería a verlo.»
Cuando acababa este discurso se había arrodillado sobre una roca en actitud de orar. Me alejé de allí sin que él se diese cuenta, reflexionando sobre todas mis emociones del día, e incierto aún sobre lo que debía hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela.
Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se dirigía lentamente hacia el vestíbulo, por el lado de la escalera que conduce a su habitación. Corrí hacia ella y, asiéndola bruscamente de un brazo, la arrastré, sin decirle ni una palabra, hasta el salón donde aún estaban todos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensarían ante mi actitud, la presenté ante ellos gritando: «Hable usted, señorita, y justifíquese de las sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los días a la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yo acabo de comprobarlo; pero diga usted cómo es posible que, siendo dados esos socorros en nombre de la señora priora, ella lo niegue, y qué secreto hay en todo eso.»
Después me he dejado caer en un sillón y he cubierto mis ojos con una mano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestaría.