—¿Sabe Vd., que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?

—Bien, veremos si eso que dices es verdad.

—¿De qué manera?

—Fácilmente, siguiéndote las aguas.

—¿Está Vd. loco, Capitán?

—No, sino muy cuerdo. Soy el Comisario del barrio y ¿qué se diría de mí si por descuido dejaba que una muchacha tan linda como tú daba un mal paso y luego andábamos de tribunales y pleitos?

—No me doy por ofendida de sus palabras, porque sé que Vd. es muy jaranero.

—Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el negro de una uña; pero, repito, que ni como Comisario, ni como hombre, debo consentir que andes a estas horas por las calles sin galán que te guíe y te defienda.

—No me sucederá nada. Esté Vd. seguro. Voy aquí cerquita.

—Está bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. ¿Mas no me dejarás verte la carita?