—¿No la está Vd. viendo?
—Así no me gusta verla. Echa hacia atrás los malditos pliegues de esa manta.
Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizás para verse libre de aquel impertinente, descubriendo casi todo el busto con sólo dejar caer la manta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atizó el cigarro puro que fumaba, y produjo mayor claridad de la que reinaba en torno, puesto que no había faroles por allí, y las estrellas no alumbraban bastante.
—¡Ah! exclamó el Comisario lleno de entusiasmo. ¿Habrá quien no se muera de amor por ti? ¡Maldito de Dios y de los hombres el que no te adore de rodillas como a los santos del cielo!
Ante el cómico ademán y las exageradas expresiones del Comisario, no pudo menos de sonreírse Cecilia, la cual después continuó derecho a casa de Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aquél seguía o no sus pasos. Conociendo ella bien las entradas y salidas, no tocó en ninguna puerta, sino que pasó de la calle al cuarto de su amiga, a quien sorprendió muy afanada cosiendo una pieza de sastrería, delante de una mesita de pino, a la luz dudosa de una vela de sebo de Flandes en un candelero de hoja de lata.
—¡Qué atareada que está una mujer! dijo entrando.
—¡Hola! exclamó Nemesia soltando la costura y yendo al encuentro de Cecilia con los brazos abiertos. ¡Tanto bueno por acá! ¿Quién se querrá morir? Es preciso hacer una raya en el agua.
—¿Estás sola? preguntó Cecilia antes de sentarse en el columpio de madera que le presentó la amiga.
—Solita en alma, aunque José Dolores no tardará mucho.
—No quisiera que me encontrase aquí.