—¿Por qué, china?
—Porque los hombres luego se figuran que una los busca.
—Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora, te idolatra, se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan vergonzoso que no se atrevería a decirte negros ojos tienes, cuanto más a figurarse que vienes por él.
—¡Ay, Nene! continuó Cecilia desentendiéndose de las manifestaciones de su amiga. La otra tarde me encontró Leonardo hablando con José Dolores por la ventana de casa. En mala hora. Me ha costado una tragedia con él.
—¡No me digas! repuso Nemesia sin poder ocultar del todo su contento. Pero ya habrán hecho las paces. ¿No?
—¡Ojalá! exclamó Cecilia suspirando. Se puso bravo y se ha ido peleado conmigo. ¿Quién sabe cuándo nos Núñez de Arce? Tal vez... nunca más. Él es muy perro y yo poco menos.
En diciendo estas palabras, callose por breve rato. Se le había atravesado la voz en la garganta, y en sus bellos ojos aparecieron gruesas lágrimas.
—¡Cómo! dijo Nemesia sorprendida. ¿De veras tú lloras? ¿No te da vergüenza?
—Sí, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro, no de dolor, lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he sido una tonta.
—¡Anjá! Me alegro oírte. Ya te lo había dicho yo muchas veces, no debe fiarse una de ningún hombre.