—No lo digo por eso, Nene. ¿Llamas tú fiarme de un hombre el amarlo mucho? Puede ser; y yo te digo, ¿acaso está en tu mano amar o no amar? ¿Conoces algún remedio contra el amor y los celos? Lo mejor sería, china, no tener corazón. Así no sentiríamos cariño por nadie.
—Luego, parece que tú te das por engañada.
—Tal como engañada no. ¡Dios me libre! Leonardo no me ha dejado por otra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera no estaría diciéndotelo desde esta silla.
—¿Y qué más quieres, mujer? Mucho temo que ese peje no vuelva a picar en tu anzuelo.
—¿Qué sabes tú? preguntó Cecilia asustada.
—Nada, nada, repitió Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho de seña Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno.
—No entiendo.
—Más claro no puede ser. ¿Seña Clara no tiene más experiencia que nosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha visto doble mundo que tú y que yo. Pues si a menudo repite ese dicho, razón buena ha de tener. Aquí, inter nos, naiden me lo ha contado, pero yo sé que a seña Clara siempre le gustaron más los blancos que los pardos, y bien durita ya se casó con señó Uribe. Por supuesto, llevó más quemadas y desengaños que pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuela repitiendo a las muchachas como tú y como yo: cada uno con su cada uno. ¿Entiendes?
—Sí, bastante, sólo que no veo cómo me venga el refrán.
—Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. ¿Tú no prefieres los blancos a los pardos, como seña Clara?