—Pero tendrás novio y te casarás pronto, ¿no es así?
—No tengo novio ni me voy a casar pronto. En fin, tendrá la señora la bondad de decirme si el señor doctor...
—Ya te he dicho, interrumpió doña Agueda, que Montes de Oca ha pasado mala noche y dio orden de que no lo despertaran hasta las diez.
—¡Ay de mí! exclamó Cecilia profundamente afligida. ¡Qué desgracia!
Tocado con esto a lo vivo el corazón amoroso de doña Agueda, preguntó con intención:
—¿Y tú quién eres?
—Yo soy Cecilia Valdés, contestó la joven llorando.
—¡Cecilia Valdés! repitió doña Agueda entre sorprendida y cavilosa. Después añadió con vivacidad: Ven, entra.
Sin aguardar respuesta ni esperar objeción ninguna de parte de la muchacha, fue por sí misma a correr el cerrojo de te con que se cerraba el postigo de la puerta, y la dio franca y amable entrada en su casa.
En medio de su aflicción creyó notar Cecilia algo extraño en la hermosa señora, algo que tenía semejas con la locura. Pero no la inspiró eso el más leve temor, antes se sintió fuertemente atraída hacia ella, no ya sólo por la naturalidad de sus palabras, sino también por la gracia de sus acciones y la dulzura imponderable de su voz. Ello es, que como dominada por una poderosa fuerza magnética, callada y sumisa se dejó llevar hasta el comedor, donde penetraba alguna claridad, gracias a su inmediación al patio, y donde su conductora tomó asiento de espaldas contra una mesa grande de bruñida caoba. Allí, teniendo a la joven (que se conservó en pie) por ambas manos, muy cerca de sus rodillas, la estuvo contemplando y examinando desde el cabello a la planta un buen espacio, y, cual si hablara con una estatua, o con una persona que no entendía su idioma, repetía con énfasis: ¡No se parece! ¡Qué! Nada, no se parece. No puede ser hija suya. Tal vez ha salido a la madre, que es la cierta.