—Entiendo que mi madre de leche se halla desterrada en el campo por sus amos. Al menos así me lo dijo un negro con quien tuve anoche unas palabras en el baile de la gente de color, allá afuera.

—Otro cuento tenemos. Mentira. Tu criandera no es esclava de los condes de Jaruco. El que alquiló a esa negra para que te diera de mamar en la Casa Cuna y en casa de tu abuela, ése es tu padre. ¡Míralo!

Aprovechose doña Agueda del momento en que Cecilia buscaba el objeto que ella le había indicado con la palabra y la mano, para levantarse y desaparecer en el cuarto más próximo, empujando la puerta que daba al patio. Perpleja y azorada la muchacha, giró en torno y casi se le escapa un grito del susto, cuando reparó que un hombre de cara larga y pálida, sin pelo de barba, cual si fuera de la raza india, cuya cabeza cubría hasta las orejas un gorro mugriento de seda, la miraba fijamente con ojicos de mono, a través de la reja de hierro, medianera entre el aposento y el comedor.

—¿Qué traes?, la preguntó el hombre en voz gangosa de falsete.

—Caballero, repuso Cecilia dudosa, vengo por el señor don Tomás Montes...

—Yo soy, la interrumpió él. ¿Qué se ofrece?

—¡Ay! ¿Es el caballero? ¿Pues no decía la señora...?

—No hagas caso. La señora está... (e hizo un movimiento rotatorio con el índice de la mano derecha, apuntando para su propia cabeza) ¿Para quién?

—Para mi abuela.

—¿Qué tiene tu abuela?