—¡Ay! señor doctor, está muy mala. Se muere... Si el señor doctor tuviera la bondad de ir ahora mismo...

—¿Quién es tu abuela?

—Creía que el señor doctor me había conocido... Josefa Alarcón, criada del señor doctor...

—¡Ah! La madre de... Sí, sí, ya, protegida por el señor don... ¡Qué! ¡tengo la cabeza!... ¡Ah! y tú eres su hija... ¡Toma! Tu nombre es... Cecilia. Yo bien decía. Cecilia, Cecilia Gam... Pues, Cecilia Valdés. No era posible que yo me olvidase. Sólo que como tengo la cabeza hecha un güiro, se me habían trabucado las especies. Tu abuela y tú me están muy recomendadas. Pero aquí entrenós (añadió en tono más bajo), no hagas caso de lo que ha ensartado mi mujer de mí, de ti, de tu madre, de tu padre, de tu criandera, etcétera, porque todas ésas son cosas de su cabeza. Ella está... (y volvió a barrenarse las sienes con el dedo índice de la mano derecha). Tú no entiendes. No creas nada. Cecilia Gam... quiero decir, Valdés. Te pareces bastante, te pareces mucho... ¡Ah! Dile a tu abuela que para allá iré así que me pongan la volante. El calesero debe haber ido a bañar los caballos al muelle de Luz... Si no ha tomado un trago por el camino, ahorita está de vuelta; y detrás de ti... Ve. Di a tu abuela que para allá voy. El señor don, don, don... digo, que paga bien los servicios... Es generoso, espléndido... Ve pronto.

Al retirarse Cecilia despechada y firmemente persuadida de que aquélla era una casa de orates en toda la acepción de la palabra, echole el médico una mirada intensa y escudriñadora, y se quedó clavado a la reja, repitiendo a media voz:—¡Se parece bastante, mucho, muchísimo! Estaba por decir que es su vivo retrato. No creía yo que fuese tan linda como me la pintaban. ¡Guapa muchacha! Sí, guapa, ¡muy guapa! ¡Mira! Si la mandamos con su madre al ingenio Jaimanita, allá con los padres de Belén... ¡Qué belén no se habría formado! ¡Ja, ja, ja!—Y rió como un verdadero loco.

Puntual fue Montes de Oca a la promesa hecha a Cecilia, presentándose en su casa a las nueve de la mañana; con lo cual dio, además, prueba palmaria de que sabía llenar los compromisos que contraía con sus amigos.

Para asistir a la enferma, pues que no entendían de eso Cecilia ni Nemesia, ya se había constituido en la casita seña Clara, la mujer de Uribe, a quien no tuvo empacho Montes de Oca de comunicar en secreto el juicio que había formado acerca de la enfermedad, según el breve examen hecho. En una palabra, pronosticó adversamente. Y aunque no dio las razones en que se fundara para pronosticar con la franqueza y certidumbre que solía, era claro que, dados los años, las desventuras y la rigurosa vida ascética y de mortificación de la enferma, debía esperarse un fin próximo y fatal. En tales sujetos adquiere, además, carácter grave cualquier dolencia, por ligera que sea en su origen.

Lo único que dijo en general Montes de Oca fue, que ante todo y sobre todo era preciso combatir con mano fuerte el síntoma comatoso que presentaba la enfermedad (con cuya palabra es seguro que dejó completamente a oscuras a sus oyentes), y, en consecuencia, siguiendo al pie de la letra el método antiflogístico de curar, muy en boga entonces, recetó al exterior tres vejigatorios bien cargados de cantáridas, una a la nuca y los otros dos a las pantorrillas; al interior una opiota para calmar los nervios y ver de provocar el sueño restaurador, y nada de alimento hasta que no declinase el estado inflamatorio de la calentura cerebral.

Cecilia, anegada en llanto, acompañó al médico hasta la puerta de la calle, esperando sin duda una palabra suya de consuelo antes de marcharse, pero él, o no la entendió, o estaba embebida su mente en cosas muy ajenas a la enfermedad de la abuela y al dolor de la nieta. Ello es, que sólo se ocupó de decirla que no la sentaba tamaña aflicción, que su amigo (con énfasis en esta frase de doble sentido) la tenía muy presente, y que volvería por la tarde para ver qué tal seguía la enferma.

La tomó una mano, puso en ella, sin explicar de quien procedía, una onza de oro, y a tiempo de partir le dio un apretón que podía traducirse de diversos modos. En nada de eso paró la atención Cecilia; pero hecho todo a ciencia y paciencia del malicioso calesero, aunque al parecer no veía, oía ni entendía, podía apostarse cualquier cosa a que le fue con el canutazo a su ama doña Agueda Valdés de Montes de Oca.