Menudeó el médico las visitas profesionales. ¿Y cómo no? Nada temía por lo que respectaba a la paga de su trabajo ni por el monto tampoco, que podía ser cuantioso; y luego las lágrimas de Cecilia, realzando sus naturales encantos, eran capaces de ablandar las piedras, cuanto y más que el corazón de Montes de Oca no tenía nada de duro ni de piedra. Pero si de veras se propuso acertar esta vez y curar al enfermo, la erró, y muy probablemente por carta de más. Recordó infinidad de casos parecidos e iguales que había tratado felizmente en su larga práctica; registró todos sus libros de medicina, entre otros el publicado últimamente en París por Broussais, padre del método antiflogístico, titulado «La irritación y la locura», que había hecho tanto eco en el mundo; probó las tisanas más aceptadas, las cataplasmas, las unturas, las ventosas, los vomitivos, los purgantes, las sanguijuelas; como último recurso propinó la píldora de Ugarte, con cuyo heroico remedio había salvado más de un moribundo de las garras de la muerte. No cabe duda ninguna que si hubiese habido más resistencia y jugo vital en el cuerpo descarnado de la triste seña Josefa, más pruebas y experimentos habría hecho en él Montes de Oca. A los doce o quince días de lucha incesante y fiera, al menos por su parte, convencido de que el momento final se acercaba al galope, entregó la enferma en brazos de la religión y se retiró con sus honores.

Su retirada repentina naturalmente causó sorpresa, con mayoría de razón que en las primeras horas de la noche del 12 de enero, noche nublada y fría por cierto, había abierto los ojos la enferma y dado otras señales de vida. Con todo, habiendo ordenado que se dispusiese seña Josefa, pues que había vuelto en su acuerdo, no había mas que obedecerle. Cecilia, en tal virtud, rogó a José Dolores Pimienta, que velaba con ella mientras dormían Nemesia y seña Clara Uribe, fuese por los santos óleos a la iglesia de San Juan de Dios. Entretanto la joven, sin pérdida de tiempo, ni de valor, improvisó un altar de su propia cómoda en el cuarto de la enferma, poniendo sobre la empolvada tabla un lienzo blanco, a falta de mejor mantel, y un crucifijo entre dos velas de cera en sus respectivos candeleros de cobre.

Como advirtiese la abuela los preparativos de la nieta, le preguntó en tono de voz casi inaudible:

—¿Qué haces ahí, niña?

—¿No lo ve su merced?, contestó ella temblando del susto y de la pesadumbre. Compongo el altar.

—¿Para qué?

—Para el padre.

—¿Han llamado a misa?

—Todavía. Mas el padre ha de venir pronto...

—¿Por qué no me has dispertado en tiempo? Yo no estoy vestida.