—Su merced puede confesarse como está.
—¡Confesarme!
—Sí, mamita, confesarse. ¿No se acuerda su merced que me pidió el confesor?
—¡Ah! Sí, ¡es verdad! Ya me acuerdo. Bien, niña, échame una manta por encima. ¿Qué hora es?
—Son las siete o las ocho.
—¿Tan tarde?
En esto se oyó el sonido peculiar de la campanilla tocada por un muchacho, anunciando desde lejos la aproximación de los santos óleos. Conducíalos el padre Llópiz en las manos juntas y altas, caminando a pie entre José Dolores y el sacristán de la iglesia, cada cual con un farol encendido para hacer reverencia al Sacramento y alumbrar la vía. A su paso por las calles se asomaban los vecinos a la puerta de sus casas, se postraban en tierra y alumbraban también con una vela en la mano. Todos estos ruidos y rumores llegaron a los oídos de Cecilia, a tiempo que la procesión desembocó en la calle de O'Reilly, viniendo por la de Compostela. Aún las monjas en el convento de Santa Catalina, enteradas de lo que pasaba en su vecindario, hicieron tocar agonías, y en sus fervientes oraciones encomendaron el alma del moribundo a la merced de su munífico creador.
Puede afirmarse con verdad que seña Josefa no estaba en su cabal juicio y sentidos cuando se confesó, comulgó y recibió la extremaunción. A haber vivido horas no más después de esos actos solemnes e imponentes, de nada de ello habría sabido darse cuenta. Fue todo para ella el resultado de un hábito inveterado. De otra manera, la vista del cuadro que se ofreció en torno de su lecho de agonía, mientras el padre la auxiliaba a bien morir, habría sido bastante conmovedor para apresurarle la muerte. Cecilia y Nemesia de un lado, seña Clara y José Dolores del otro, un oficial de la sastrería de Uribe que llegó en aquellos momentos y el sacristán a los pies, todos arrodillados, murmurando devotas oraciones y alumbrando la triste escena con un farol o una bujía, formaban grupo interesante, original y digno del pincel de un inspirado artista.
A la conclusión de la tristísima ceremonia, todos los circunstantes, que más que menos, experimentaron una especie de alivio interior, porque se cree en general que trae aparejada la muerte. Aun la enferma pareció reanimada, en vista de que sacó el brazo derecho de debajo de las sábanas y empezó a tentar por varias partes del lecho, como si buscase algo que se le había perdido. Le detuvo la mano Cecilia, y preguntó:
—¿Qué buscas, mamita?