—A ti, mi corazón, respondió la abuela con mucho trabajo.
Esta tierna solicitud, esta salida inesperada hizo saltar las lágrimas de Cecilia, quien, para que la abuela no se impresionara, volvió el rostro a otro lado.
—Pues aquí me tiene su merced, dijo, apretando la mano de la enferma.
—No te veía, agregó ella con sentimiento. ¡Está esto tan escuro...!
—Apagué las luces por su merced.
—¿Estás sola?, preguntó la anciana después de largo silencio.
—Sí, mamita.
Dijo verdad, porque en oyéndola, prudentemente se retiraron a la sala las otras dos mujeres; y los hombres aún no habían vuelto de la iglesia, a donde habían ido para acompañar al viático.
—Querría... decirte una... cosa, dijo seña Josefa muy despacio, después de otra larga pausa.
—Pues diga, mamita, diga. Ya escucho.