—Acércate. ¿Por qué te alejas, mi vida?
—Yo no me alejo. No. Estoy cerquita de su merced.
—¡Pobre Charito! ¿Qué será de ella? Me voy primero... me voy.
—¡Jesús, mamita! No se aflija ahora su merced pensando en eso. Le hace daño, mucho daño. Sosiéguese.
—¡Pobrecita! Pero tú... rompe... relaciones... el caballerito... Ese es tu...
—¿Mi qué, mamita?, preguntó Cecilia sobresaltada y con instancia, pues la abuela tardaba en terminar la frase. ¿Mi qué, mamita del alma? Hable, diga; por la Virgen Santísima, no me deje en esta terrible indecisión. ¿Es mi enemigo? ¿Mi tormento? ¿Mi infiel amante? ¿Mi que?
—Es tu... tu... tu... t..., continuó repitiendo seña Josefa, cada vez a más largos intervalos y más bajo tono, hasta que el ruido de la sílaba misteriosa se convirtió en lúgubre murmullo y el murmullo en un mero movimiento de los labios, que no duró mucho tampoco. La enfermedad tuvo su crisis. Había expirado.
No había visto Cecilia morir a nadie, así que, al convencerse por el tacto de que la abuela no alentaba precisamente cuando la creía más viva, el horror más bien que el pesar le arrancó un grito terrible y le privó del sentido. Acudieron seña Clara y Nemesia, y la encontraron en la cama abrazada con el cadáver, del cual les costó trabajo separarla. Justo era su inmenso dolor. Desde aquel momento le faltaron de una vez su protectora, su compañera, su tierna amiga, su pariente, su madre adorada; y para mayor desesperación, quedole siempre después el remordimiento de que en la confusión había olvidado poner en la mano de la moribunda la vela del alma, preparada con tanta anticipación para ese mismo caso.
Mientras duró la enfermedad de la Josefa Alarcón, fue entregando el médico a Cecilia, siempre sin decirla palabra de quien procedían, diversas cantidades de dinero, las mismas que ella recibía con una mano y con la otra pasaba a las de José Dolores Pimienta, creado de hecho su mayordomo y cajero. Corrió él, en efecto por ese breve tiempo (brevísimo para quien ansiaba se repitieran las ocasiones de acercarse a Cecilia y de prestarle cada día nuevos servicios), con todos los gastos que ocasionó la enferma; y muerta, ajustó con el conocido muñidor Barroso los preparativos para el entierro. Siendo muy estrecha la casita de la calle del Aguacate para recibir a las visitas que vendrían a dar el pésame a Cecilia, y para celebrar el velorio, dispuso Pimienta se trasladara el cadáver a la sala de la casa en que él y su hermana vivían, en la calle de la Bomba, donde estuvo de cuerpo presente desde las diez de la noche hasta las tres de la tarde del siguiente día. No se erigió catafalco: vestida de muerta con el hábito mercedario, color de pajuela, que ceñía la correa negra usual de la Orden de la Merced, y metida en su caja forrada de paño negro, se depositó en unas andas comunes, entre grandes cirios de cera y candelabros plateados.
El maestro Uribe, con sus oficiales y amigos y los numerosos de Pimienta, velaron toda la noche, y a la hora del entierro condujeron las andas a hombro, relevándose de cuatro en cuatro hasta el cementerio, situado en el pequeño arrabal de San Lázaro, al extremo de la calzada de este nombre.