El único incidente que en cierto modo marró la solemnidad del acto, fue el que en breves palabras vamos a referir. Distaba la casa mortuoria del cementerio sobre media legua, y la vía más corta no conducía por las calles de la población, sino por veredas tortuosas, sombreadas del lujoso arbolado de las quintas y jardines, que entonces ocupaban el área toda del hoy extenso barrio titulado del Monserrate.

Allí donde se alza la moderna iglesia que le da nombre, se unió de repente a la fúnebre comitiva, procurando confundirse con ella, un negro desconocido y de mala catadura, que parecía cansado de mucho correr. Tras éste se apareció a poco otro a caballo en traje militar, de chaqueta de paño, con dos charreteras de oro y sable de caballería. Era joven y de ademán bizarro. Sin andarse en chiquitas, se precipitó sobre el fugitivo, y, apuntándole con el arma al pecho, gritó:—Date, Malanga, o te mato.

—¡Tondá! ¡Tondá! exclamaron los de la comitiva que le conocían de vista o de trato.

Cogido, pues, Malanga entre la punta del sable y las andas en que iba la difunta, no tuvo más remedio que entregarse a merced del captor; el cual, sin desmontarse, le amarró codo con codo, le echó por delante, y saludando a la militar con el arma al aire, dijo a los del duelo:—Señores, espero me dispensen el mal rato. Tenía orden de Su Excelencia el Capitán General, de coger a este pícaro, vivo o muerto, y la he cumplido. Que siga el entierro. Salud, señores.

La primera parada de la fúnebre procesión se hizo a la reja grande que mira al azulado mar Atlántico de la casa de la Beneficencia, a fin de que los niños hospicianos de ambos sexos cantasen un responso por el alma del difunto, mediante el pago de una moneda de oro, en calidad de limosna.

La segunda parada se efectuó delante de la reja del cementerio, debajo del gracioso arco de entrada, para que el capellán hiciese la aspersión del ataúd con agua bendita, antes de consignarle al sepulcro. Cuando se ejecutaba este acto final y siempre triste, los acompañantes, en actitud reverente, permanecieron de pie y descubiertos, formando grupo en torno de la huesa.

José Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un puñado de tierra sobre el ataúd de la que fue en vida Josefa Alarcón y Alconado, no menos distinguida por su belleza que por sus desgracias, su ardiente amor de madre y prácticas religiosas de sus últimos años; y el primero, que hacía de cabeza del duelo, al darles las gracias a sus amigos y despedirlos, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acaso porque se le vino a la mente en aquel instante el cuadro de su idolatrada Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos de Nemesia.

Capítulo III

¿Qué es la vida? Por perdida
Ya la di,
Cuando el yugo
Del esclavo,
Como un bravo Sacudí.

J. de Espronceda