—Segurísima.

—¿Desde cuándo le conoces tú?

—¡Uf! Desde que yo era chiquitica.

—¿Cómo le conocías?

—De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con él. Cuando menos lo esperaba lo tenía encima. Se ponía bravo y me decía muchas cosas: que estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que me prendieran los soldados.

—¿Sabías tú su nombre entonces?

—No, ni lo supe hasta mucho después, cuando me había hecho una mujer. Conmigo no ha tenido él amistad, con mamita sí. De Corpus a San Juan, solía hablarle por la ventana, siempre de mí.

—¿Qué la decía?

—Nada bueno, por cierto. Le decía, por ejemplo, que me celara de Vd.; que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que tarde que temprano me dejaría Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para casarse con una muchacha muy rica y sólo aguardaba a recibirse de Bachiller en Leyes.

—Me sorprende oír eso de mi padre. No lo creería si otra persona me lo dijera. ¿Qué objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta contigo aleja la idea del amor. No está enamorado de ti, no. Tampoco ha sido él hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengaño...