—Es que mamita también estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora de su muerte me mandó que no lo quisiera a Vd.

—Tú no piensas en obedecerla, ¿no es así?, dijo el joven apasionadamente.

—Ya es demasiado tarde, contestó Cecilia poniéndose colorada. (Después añadió en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a mamita.

—Nunca te pesará, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo más sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que me has dicho explica el enredo de la mesada. ¿Por qué, a santo de qué se la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aquí lo que me encalabrina y desespera. Es posible que no continúe pasándotela a ti...

—Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.

—No es eso lo peor, agregó el joven reflexionando, sino que el médico te cobrará la cura de la enferma. Del árbol caído todos hacen leña.

—Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez de pedirme estuvo el médico dándome dinero para los gastos.

—¿Cómo cuánto te dio?

—Como quince onzas de oro. Yo no llevé la cuenta... José Dolores.

—Dale con José Dolores. No quisiera volver a oír su nombre en tu boca.