—¿Qué tienes?
Interrumpiose a lo mejor el prolongado diálogo de los amantes por la llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque así quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte futura, do la había arrojado la muerte repentina de su abuela. Con disgusto de Leonardo, porque después de lo averiguado acerca de la posición de Cecilia en aquella casa, comprendió que debía sacarla de ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no había tenido tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.
Por su parte Nemesia también experimentó un vivo disgusto; porque sin más argumento ni prueba que la presencia allí del temible rival de su hermano, cuando le creía más distante y olvidado de Cecilia, quedó convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en él, habían obrado el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo afecto que se profesaban los dos. ¡Pobre José Dolores! exclamó Nemesia entre sí. De ésta la perdiste. ¡Tontos de nosotros que nos habíamos halagado con la esperanza de que se quedaría en el monte!
—Está de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran sentimiento, a su hermano cuando volvió de la sastrería.
—¿En qué te fundas para darme tan mala noticia?, preguntó el hermano alarmado.
—Me fundo en que él ha vuelto. Los topé a los dos esta mañana como uña y carne.
—¿A dónde?
—En esta sala. Solitos...
—Luego él no fue al campo para casarse.
—¡Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrás de la querida.