—¡Qué! ¿Crees tú que va a sacarla de aquí pronto?

—Cuando menos... Para ponerle casa.

—Cuando menos no, dijo José Dolores irritado a lo sumo.

—No. Si la destina para querida, mientras más pronto se la lleve mejor; porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No es él hombre para pasarme la mota y reírse de mí. Que no se ponga en mi camino. ¿Dónde está ella?

—Vistiéndose allá dentro. Eso es que lo espera esta noche.

—Es posible. Así será bueno que me arrime a un lado por ahora. Una tragedia le causaría más pesar a ella que a él.

—Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia pensativa. Mientras la vida dura, hay esperanza.

—¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no cabemos. ¿Me resignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.

—Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién puede decir con verdad que es el primero en el corazón de una mujer? Naiden. Ten por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego otra. Se dobla como la hoja del caimito: cátala colorada, cátala blanca. Si tú la hubieras oído cuando él se fue para el monte atrás de la muchacha blanca..., sabrías quién es ella.—¡No lo quedré más en mi vida! No volverá a verme la cara. Aunque me se arrodille, aunque me bese los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla ni el sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron para mi. Hay muchos, me se sobran. ¿Cuántos, cuántos tan buenos mozos como él no se darían santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No seré de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que el primero que me diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si él o yo.

Capítulo V