El que excusa la vara, quiere mal a su hijo; y el que lo ama, con muchas varas lo corrige.
Proverbios, XIV, v. 24
Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta el plan ideado por don Cándido antes de su marcha al campo.
La muerte de seña Josefa había arrojado a Cecilia en brazos de Leonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que desaprovechase la ocasión que se le presentaba de tomarla por manceba, con achaque de ampararla.
Miraba don Cándido este evento casi como una catástrofe, cuyo único medio de evitarla, en su concepto, consistía en sustraer a Cecilia de la vista y comercio de Leonardo, aún cuando para lograrlo fuese necesario usar de fuerza. Pero le ocurrió que tal vez podría ejecutarse la misma cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal. Movido por esta idea feliz, decidió aconsejarse con el abogado y Alcalde mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscípulo de Leonardo, con quien él tenía bastante amistad.
Mientras caminaba en la dirección de la calle de los Oficios, componía mentalmente un discurso regular en forma de diálogo para presentar su caso bajo la mejor y más plausible luz, ante el señor Alcalde Mayor. Sucedió, sin embargo, que en presencia de Su Señoría se le fueron de la mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y sólo acertó a decir:—que la Valdés le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seducía con sus artimañas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quería saber qué remedio podía poner la justicia a tamaño escándalo.
Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfacción y de marcada condescendencia, y dijo:
—¡Cuánto me alegro, señor don Cándido, de oírle! ¡Estoy encantado, sorprendido! ¿Pues no ha de llamarme la atención y complacerme, si desde que presido en este tribunal de justicia, por disposición soberana, ha más de un año, es Vd. el primero que se acerca a él en queja semejante? No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares; es que tales son la ignorancia y la relajación de las costumbres, que sólo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad ajena, aquéllos a que se sigue daño inmediato de la persona o de los bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas costumbres, a la religión, éstos no son delitos, son meras faltas, pecados veniales, deslices que no tienen pena señalada en ningún código escrito. ¡Qué error, amigo don Cándido! ¡Qué confusión de ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto, lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es reprehensible!
«Saco, en su Memoria sobre la Vagancia, que acaba de premiar la Sociedad Patriótica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.
«Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia y la política de gobierno de Vives. No hay escuelas. ¿Y cuáles son los resultados? Los robos frecuentes a la luz del día, los asesinatos sin causa ni provocación, los pleitos interminables, las injusticias notorias, la prostitución de las mujeres, el desorden social. La política de gobierno de Vives es también causa de corrupción y extravíos sin término ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la cárcel y no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara vez el origen de los crímenes más atroces, gracias, si alguna se atrapa a los malhechores. ¿Quién ha matado a Tondá?