—¡Cómo! exclamó don Cándido, interrumpiendo al Alcalde. ¿Han muerto a Tondá?

—Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.

—¿Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?

—No, señor. Anoche se me comunicó la noticia en el teatro, extrajudicialmente. Se dice sólo que el matador fue un negro prófugo a quien él trató de prender.

—Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Días pasados encargó mi mujer su captura a Tondá...

—No tendría nada de extraño, prosiguió el Alcalde. En caso que le prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...

—¿A la qué señor don Fernando?

—A la noxa, digo.

—Estamos. ¿Mas quién es esa dama?

—Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la renuncia del dominio directo que sobre él tiene el amo, en favor del tribunal de justicia que le juzga por el delito o daño cometido. Pierde Vd., de este modo un negro que cuando más y mucho vale en buena venta 500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el juicio. Sábese que si no se le unta la mano al juez pedáneo, levanta una sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el juez, con el asesor, etcétera, etcétera.