—¿Pleitos yo, señor don Fernando? No en mis días. Valdría mejor colgarse de un farol.

—Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensión... ¿Decía Vd.?

—Decía, señor Alcalde, repuso don Cándido cual si saliera de un sueño, que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con sus mañas y no le deja concluir sus estudios de abogado...

—Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. ¿Cómo se llama la seductora?

—Cecilia Valdés, contestó tímidamente el querellante.

—Bueno. ¿Qué casta de mujer es ésa?

—No entiendo.

—Quiero decir: ¿es joven o de edad mediana? ¿Casada o soltera? ¿Bonita o fea? ¿Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de proceder a la graduación del tanto de culpa y a la aplicación de la pena que en justicia le quepa.

—Diré a V. S., señor Alcalde, con lealtad cuanto sé en el particular, dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergüenza. La chica es joven, bastante joven, como que apenas contará 18 años de edad. No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificársela de fea, más bien de bonita, de real moza, diría. Es pobre, sí, pobre, pobrecita, y de color, aunque pasará por blanca donde quiera que no conozcan sus antecedentes...

—Muy bien, perfectamente, replicó el Alcalde pensativo. Se conoce que está Vd. enterado del caso. Así me gusta. Ya podremos juzgar con pleno conocimiento... Sólo ocurre un vacío, llamémosla duda, a saber: ¿conoce Vd. los hechos que expone, por sí mismo o por referencia de tercera persona?