—Unos conozco por mí mismo, otros, digamos, por inferencia.
—Entendámonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quién vive la joven.
—Ahora, supongo que con alguna amiga suya.
—Nada de suposiciones, señor don Cándido. ¿Le consta a Vd.? ¿Sí o no?
—No, señor, no me consta, lo infiero.
—Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el corazón en la mano. Y antes, ¿con quién vivía la pardita?
—Con la abuela.
—¿Viven sus padres? ¿Tiene parientes, allegados, protectores en suma, alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es saber todo eso, averiguarlo en tiempo.
—Poco ha murió la abuela. La madre (añadió balbuciente y más enrojecido que nunca), la madre... Verdaderamente no sé a estas horas si vive o si muere. De cualquier modo, de nada le valdría si viviera. En cuanto al padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna. ¿Está V. S.?
—Bien. ¿Conoció Vd. a la abuela de persona?