—Sí, señor, la conocí, aunque nunca tuve trato íntimo con ella. Sería largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llevó vida ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba estrechamente, y, sobre todo, que no la consentía holgorios, devaneos con mozuelos ni cortejos de ventana.
—Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no ha dado aún qué decir.
—Así es la verdad; sólo que, como de raza híbrida, no hay que fiar mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.
—Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de sabiduría. Confesemos también que nuestras mulatas, generalmente hablando, son frágiles por naturaleza y por el deseo, ingénito en las criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la clave para descifrar el por qué de su afición a los blancos y de su esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia en el país, ya se ha aplatanado, habrá tenido mejores oportunidades de observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una regla general, una fuerte presunción, una teoría, por plausible y brillante que parezca, sobre la índole o aficiones de éstas o de esotras gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito, que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de justicia.
«Resumamos. Comparece Vd. ante mí, el Alcalde Mayor, en queja contra la Valdés a quien acusa Vd. del cuasi delito de seducción y distracción inferido a su primogénito de Vd., que se halla aun bajo la patria potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisión contra la seductora, y que, sin oírla, se la castigue, privándola de su libertad. De acuerdo. Hasta aquí no hay irregularidad aparente, la querella está fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no consentir en que una pelandusca extravíe y pervierta a su hijo, mucho más cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga. Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.
—Me confunde V. S., exclamó don Cándido, contento por la vuelta que, al parecer, tomaba su pretensión. No merezco esos elogios. ¡Ca! No los merezco ni por cien leguas.
—Pero (continuó con seriedad el Alcalde) como juez recto y de conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga buena la acusación, interrogo para conocer los antecedentes y consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria, obtengo la más brillante declaración absolutoria. Permítame Vd., señor don Cándido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd. mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia, abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carácter, y la vindica de toda imputación o mala fama; atándome las manos, por supuesto, para proceder en justicia.
Abrumado don Cándido por la salida inesperada del juez, durante un buen espacio de tiempo no atinó a decir palabra, sólo a estrujarse los dedos e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tímida y confusa:
—Por mi madre, señor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la cosa. ¡Vaya que si lo es! ¡Pues no estaba yo engañado! De medio a medio. Y suponía que no había más sino llegar y besar. O ¿no es que V. S. toma el asunto por donde más quema, cual si dijéramos, a punta de lanza? No estoy seguro, lo pienso nada más, señor don Fernando.
—Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisión contra un individuo cualquiera que sólo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo con su franca declaración me ha quitado el asidero de que se podría echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que sé le voy a causar disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.