—¡Maldito asidero! dijo don Cándido para sí. ¿Pues no se aparece a la hora nona? Luego añadió alto: Tratárase de tablas sin nudos ni alabeos, señor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras, y me tendría V. S. más listo que un gerifalte. ¿Qué se me alcanza a mí de asideros judiciales? Ni jota. ¿Por qué V. S. que sabe tanto, no le da un corte al negocio y me saca del atolladero?

—Porque no sería eso legal, ni quedarían cubiertas las apariencias, a lo menos en el fuero interno del juez. La sugestión debe venir de Vd. Estaba entretanto pensando, señor don Cándido, suponga Vd. que doy orden de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la cárcel o logra Vd. esconderla por algún tiempo. ¿Ha meditado Vd. en las consecuencias?

—¡Consecuencias! repitió el hacendado sorprendido. A fe que no he pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a menos que haya un tonto que salga a su defensa.

—Precisamente, porque creo que le sobrarán los defensores, digo lo que digo.

—Pues, ¿no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida, huérfana, sola en el mundo...?

—También me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen más que el dinero, el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen aquí de molde: «que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida». Con tales adminículos no estará ella nunca sola en el mundo.

—Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no sé de quién es: «Santo que no es visto, no es adorado». Dígolo, porque si logro atraparla, cuenta V. S. con que la pondré donde no la vean ni los pájaros.

—Repito a Vd. que la cosa no es tan fácil como parece a primera vista. Ni ¿dónde la pondría Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y la amparase? Leonardo, si está de veras enamorado de ella, será el primero en declararse su campeón, la buscará, la encontrará y la salvará, mal que les pese a sus captores. ¿No sería, por tanto, más derecho, más cuerdo y puesto en razón, que se deje quieta a la muchacha en su casa y no provoque un conflicto? Quizás él la corteje por pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste más. ¿Qué sabemos?

—Lo que yo me sé de memoria, señor don Fernando, es que mi hijo es muy terco, tan terco como un vizcaíno, y que aunque no sea más que por terquedad, todavía comete una locura y trae una desgracia a la familia.

—¡Desgracia! repitió el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por blanca, ¿qué mayor desgracia podría sobrevenirle a Vd., a la familia, a Leonardo, en una palabra, si olvidado de sí mismo, cegado por la pasión, en un momento de extravío toma por esposa a la Valdés?