—¿Por esposa dice V. S.? exclamó don Cándido con ademán fiero y tono resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., él no se casará con la Valdés.
—¿Cuál es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?
—Para hablarle en plata, señor don Fernando, no recelo, ni me pasa por la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por esposa a la Valdés; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el diablo.
—¿Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? preguntó el Alcalde sonriendo. Mírese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere su posición social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese así, señor don Cándido, ¿qué familia sería feliz en la tierra? Todas tendrían que lamentar igual o peor desgracia. En todo país de esclavos no es uno ni elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a la laxitud, y reinan, además, ideas raras, tergiversadas, monstruosas, por decirlo así, respecto al honor y a la virtud de las mujeres. Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas legítimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y voluntarioso, el enredarse con una negrita. Esa sí que sería una desgracia para la familia. Ahora bien, señor don Cándido, ¿por qué no prohíbe Vd. a Leonardo que visite a la Valdés? Esto lo hallo más fácil y puesto en razón, sobre todo, no tan ocasionado a escándalo. El culpable es él que la solicita y persigue, no ella que se está quieta en su casa. Y aquí entre nos, amigo don Cándido, tiene todos los visos de una injusticia que Vd. pretenda el castigo de la víctima y la absolución del victimario.
—El error nace de que V. S. supone inocente a la Valdés.
—¿Qué pruebas hay para suponer lo contrario?
—Varias. Entre otras, la de habérsela avisado que desistiera de esos amores.
—¿Por medio de quién se la avisó?
—Por medio de la abuela.
—¿En nombre de quién?