—En... mi nombre.

—¿Y ella no hizo caso?

—¡Qué había de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.

—La ha hecho divinamente.

—¡Cómo! ¿La apoya V. S. en su maldad?

—No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y mucho, y opino que en los negocios del corazón no mandan las abuelas, ni los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este asunto. Prohíbale Vd. a Leonardo que visite a la Valdés. ¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre él? ¿Sí? Prohibición absoluta; no más visitas a la Valdés, y asunto concluido.

Quedose estupefacto don Cándido.

—¡Eh! Aquí te quiero ver, escopeta, pensó él. Vea Vd.; las mismísimas preguntas que yo esperaba;—«¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre su hijo?» Y es que tenía preparada una respuesta. Se ha marchado. Sí, échale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...

—Señor don Fernando, añadió resueltamente, cortando de pronto el monólogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad, pero trataré de darme a entender. La prohibición que V. S. aconseja no... puede hacerse...

—¿No sería impertinencia el preguntar?...