—Me expongo a que me desobedezca el muchacho.
—¿Es posible?
—Cierto. Sabe V. S., sin duda, cómo son las madres criollas con sus hijos, principalmente con el primogénito, como sucede en mi caso. El varón es la idolatría de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ángel, una paloma sin hiel; no cree nada malo de él, y no consiente que nadie, incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por mí ya estaría en un barco de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad, oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. ¡Qué sé yo cuánto más! En vano la digo que, con nuestro caudal y el título de Casa Gamboa que espero de un día a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel en el mundo. Pero ella está empeñada en hacerle hombre de letras menudas y se saldrá con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los exámenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiéramos casarle, su madre y yo, este mismo año, con una señorita muy virtuosa y agraciada, hija de un paisano y antiguo amigo mío. Quizás sienta la cabeza y se dedica a la administración de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para viejos mi mujer y yo, mañana o esotro día morimos los dos, que somos hijos de la muerte. ¿Quién entonces tomará el timón? El, que es hombre, no ninguna de sus hermanas, débiles mujeres y solteras aún. ¿Comprende ahora V. S. cuál no será nuestra desgracia si nuestro primogénito, el hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el título de nobleza, la administración de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de Bachiller, no se casa con la señorita con quien está comprometido, e infatuado con la Valdés se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S., en estas circunstancias aflictivas, ¿qué serán de la paz y de la felicidad de mi familia?
—Pues hablara para mañana, señor don Cándido, exclamó el Alcalde. ¿Por qué no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El último, sobre todo, no tiene réplica, lleva el convencimiento al ánimo más reacio y frío. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus órdenes. ¿Qué quiere Vd. que haga con la Valdés?
Extraña y honda impresión produjeron en el rico hacendado las últimas palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se quedó por largo rato, incapaz de bullir ni de hablar. ¿Qué le pasaba? Había realizado el objeto de su solicitud. ¿Qué más podía apetecer? ¿Se había arrepentido de la pretensión? ¿Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que se iba a echar encima? ¿Dudaba del buen éxito de la medida? ¿Sentía causarle gran pesar al hijo? ¿Hacerle grave injusticia a la moza? ¿Temía ahora al escándalo? No es fácil explicarlo. El mismo, si le hubiesen preguntado, no habría podido dar cuenta de sus sentimientos.
Como notase el Alcalde su perplejidad, repitió la anterior pregunta con mayor énfasis.
—No sé, respondió don Cándido a espacio; no sé verdaderamente. Lo que es en la cárcel... lo pensaría mucho. Sería demasiado para la pobre muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El Mayoral es casado, con hijos pequeños, y ese punto dista buen trecho; pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal vez convendría más ponerla en el ingenio de un amigo mío que ya conoce a la chica y está enterado... Aquí cerca: en Jaimanita. El también es casado... entrado en años. Incapaz... ¿Qué cree V. S.?
—Yo no creo nada, señor don Cándido; Vd. es el que debe pensar y resolver. A mí me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida en toda forma.
—¿Qué quiere decir V. S. «con toda forma»?
—Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por escrito.