—Sí, señor. Entiendo que es Cantalapiedra.

—El mismo. Ahora bien. Véale Vd., preséntele la queja y dígale que me pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cómo se redactan esos documentos.

—Bien, le veré hoy mismo; ¿mas no habría modo de evitar que apareciera mi nombre?

—No importa, hombre, replicó O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasará de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discreción y celo poniéndole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se tiene que al buen callar llaman Sancho.

—Entiendo. ¿Dónde ponemos a la chica?

—Eso corre de mi cuenta. Será en un lugar donde no corra peligro su honestidad ni su persona, al mismo tiempo que esté segura y nadie pueda extraerla sin mi permiso, o el de Vd.

—No será en la cárcel.

—No, de seguro que ahí no.

—Menos en Paula.

—Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondré en las Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.