Con este dinerillo se apresuró el joven a tomar en alquiler una pequeña casa en la calle de Las Damas, y con la misma premura se ocupó del ajuar. Nada olvidó; ni se hizo de las cosas que creyó necesarias en un solo establecimiento central, que no los había entonces en La Habana. Para ello visitó los baratillos de la Plaza Vieja; las ferreterías de la calle de Mercaderes; las hojalaterías de la de San Ignacio; las locerías de la de Riela o Muralla; una mueblería de segunda mano de la de San Isidro y otros más cercanos a su nueva casa.

Cosa extraña en verdad que este mozo, viva encarnación de la pereza, la volubilidad y el egoísmo, en un momento dado desplegase la actividad, la delicadeza, el tino y la inteligencia de la hacendosa y más consumada ama de llaves. Pero era que le movía una pasión desaforada y que le inspiraba la imagen hechicera de la joven cuya ruina había decidido en los recesos más oscuros de su corazón salaz.

Completados estos arreglos y altamente satisfecho de su obra, salió una tardecita del ventoso marzo, cerró la puerta, se metió la ponderosa llave de hierro en la faltriquera de la casaca, y a paso ligero, palpitándole el corazón más de lo usual, fue en busca del ave rara que decía adornar con su bello plumaje aquella jaula y convertirla en un paraíso con sus trinos de amor.

Pero en vez del ave rara, tras la cual corría en alas del deseo, se encontró con una especie de arpía, con Nemesia, parada y fría en medio de la sala de la casa, en el callejón de la Bomba, cual estatua de llorona en el cementerio. Reprimió él cuanto le fue dable su disgusto, y se esforzó en ser más amable y fino con la compañera y amiga de Cecilia.

—¿Qué dice mi mulata santa?, la preguntó haciéndola una rendida cortesía.

—Esta mulata no dice nada porque no es santa, contestó ella sin moverse.

—Entonces diré yo, agregó Leonardo risueño.

—El caballero puede decir lo que guste.

—¿Tienes tú hoy el moño tuerto?, preguntó el joven examinándole la cara de cerca.

—No más que ayer ni que otras veces.