—¿Usted ha tenido pretensiones?—preguntó alegremente la de Aimont tratando de evitar la tempestad que amenazaba.—Yo creí que estaba usted libre de tales debilidades...

—No...—dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se esforzaba por hacer aflautada;—he pagado mi tributo a la juventud como todo el mundo... He sido muy solicitada.

—¡Qué guasa!—exclamó Francisca empujándome con el codo.

—Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque no he querido.

—Embustera—dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los labios para no reír.

—¡Ah!—gimió la de Dumais,—nuestras pobres hijas no podrán decir otro tanto...

—Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen siempre esas cosas aunque sean inexactas—exclamó Francisca sin poder contener su maldita lengua.

El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el recurso de decir como de costumbre:

—¡Oh! Francisca...

—Sí—siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,—es indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de 600 u 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina?