—Si escucha usted los chismes de las criadas—dijo la abuela,—no oirá nada serio...

—No los escucho, los oigo—respondió la Bonnetable ofendida por la observación de la abuela, lo que no es lo mismo—afirmó con un tono de superioridad aplastante...—Esos chismes, como usted los llama, enseñan por lo menos a conocer a las personas de que se habla...

—Como no sirvan precisamente para lo contrario—rectificó la abuela descontenta.

—En todo caso—añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición de la abuela,—la de Brenay es ridícula y su hija también...

—¡Oh!—protestaron las señoras en coro.

—Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio—dijo Francisca a media voz.

—Sí, son ridículas, lo mantengo—replicó la Bonnetable, dispuesta esta vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.—Hase visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de eso...

—Los Brenay son de buena familia—dijo la de Aimont.

—No digo que no en cuanto a la honradez—se dignó responder la Bonnetable.—Pero en cuanto a su partícula—acentuó con perfecto desprecio,—es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los tiempos en que las tenía—añadió la amable vieja.

—Menos mal—dejó escapar Francisca por lo bajo.