—Sí, mamá.

—Sin embargo—se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de valor,—esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más adelante...

—Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina?

—Sí, mamá.

—En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas posiciones—dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad, es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que hubiese llegado.

—El alto comercio y la industria—respondió victoriosamente la Bonnetable,—tienen otras pretensiones que las que usted puede atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante tales como usted los concibe?... Una gota de agua.

—¿Y 2.000 pesos—preguntó Francisca con un candor inimitable,—qué serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria.

—Sí, señorita—respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca unos ojos furibundos,—2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra parte—siguió diciendo la dulce solterona,—haría falta una fortuna para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes actuales están muy mal educadas—terminó con una intención que no se ocultó a nadie.

—¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?—preguntó Francisca en tono de exquisita urbanidad.

—¡Oh! Francisca...—murmuró la de Dumais pálida de espanto.