—Ciertamente—respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.—En mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.
—Debía de ser muy fastidioso—dijo Francisca con la modestia de una sólida convicción.
—En aquellos tiempos—siguió diciendo la Bonnetable más severa que nunca,—las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud.
—Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...—suspiró Francisca con una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.
La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué audacia...
Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo cerciorarme?
Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba satisfecha de haber permanecido soltera.
¡Dios mío, qué éxito!...
Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era retirarlos...
La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme, se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario.