Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban.
—¡Uf!—murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar salida a la dulce señorita Bonnetable.—¡Qué solterona!
Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de su situación de solterona, debida a su carácter irascible y desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el señor Bonnetable contestó:
—¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!...
—¿Y yo?—respondió Francisca.—En lugar de ese pretendiente hubiera hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un servicio a la humanidad.
—¡Oh! Francisca...—protestó su madre angustiada.—No hables así...
La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.
—Las faltas son personales—hice observar a la abuela.—Bastante tengo con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca.
Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural...
A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y hasta ha añadido a modo de peroración: