—Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación detestable.

¡Qué humillación!...

7 de noviembre.

El gran día ha pasado...

Se acabó la entrevista y desapareció el miedo... Deo gratias.

En cuanto me desperté esta mañana me sentí la cabeza pesada, oprimido el corazón y contraído el estómago. Traté en vano de recobrar mi calma habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la feria del matrimonio me tenía un poco embobada.

—Señorita, he aquí un marido que le conviene a usted—zumbaba a mi oído no sé qué voz discordante del dominio de la pesadilla.—Véale usted... Examínele... este hombre es perfecto...

—Caballero...—me figuré que otras voces murmuraban en el mismo momento al señor Desmaroy,—acuda usted pronto a Aiglemont... En esa peña viven en buena armonía el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso el primero y sea indulgente con la segunda... ¿Qué importa ésta si aquél le agrada?...

—Estos son—pensé,—los preliminares del matrimonio... del santo matrimonio cristiano... ¿Dónde está usted, monseñor Dupanloup?...

Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las necesidades de mi no menos terrible situación de joven casadera, me presté de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre dos almas... ¡Dos almas!... ¡Qué ironía!...