—¡Ay!—respondió la aludida,—mis pretendientes no cesan de correr... Señorita—dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,—¿no tiene usted una liga por pequeña que sea, que se ocupe de las jóvenes casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sería cien veces más útil—terminó levantándose,—que todas esas ligas que fastidian a todo el mundo...
—¡Francisca!—dijo la abuela con cierto tono de severidad,—va usted a decir tonterías, hija mía.
—Sí, es verdad... Me callo—respondió Francisca con esa gracia irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias.
—No comprendo—dijo la Fontane,—el horror que usted manifiesta por el celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted que está bien visto el quedarse soltera.
—No, amiga mía—respondió vivamente la abuela.—Eso es inadmisible.
—Sin embargo—añadió la Fontane reprimiendo una fuerte gana de reír,—estamos aquí cuatro representantes del celibato, sin contar la quinta—dijo echando una mirada a Genoveva,—y no veo lo que tenemos de reprensible.
—Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato. Los hay que yo admito y otros que no—terminó la abuela, ya descontenta al ver que iba yo a caer en mi tema favorito.
—¿Cuáles son esos motivos admitidos?—suspiró la Sarcicourt,—¿es indiscreto preguntarlo?
—De ningún modo, querida amiga—dijo la abuela, ya en pleno buen humor.—El padre Tomás, explicando este asunto a mi nieta, los enumeró bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a usted, aunque estoy muy cansada.
—No se tome usted esa molestia, señora—interrumpió la Fontane.—Ese asunto le es a usted antipático y voy a tratar de reemplazar a usted. Creo—continuó, mirando a la Sarcicourt,—que una de las primeras razones que impulsan al celibato es la abnegación.