—¡La abnegación!—exclamó la Roubinet con todo el ardor de una persona que nunca ha sabido lo que es eso.—¡Qué poesía en ese motivo!... ¡Qué suavidad!...

—Hay muchos géneros de abnegación—hizo observar Genoveva.

—En efecto, puede una sacrificarse de mil modos—repuso la Fontane muy risueña.

—Se trata de encontrar el bueno—dijo Francisca, que generalmente proclama que la abnegación es un asunto de edad y de temperamento.

—Todos son buenos—respondió la Fontane.—Entre la abnegación de una hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica por sus hermanos menores, no sé, en verdad, a cuál dar la preferencia. Aquí son los padres muertos que dejan una familia que criar; allí unos padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los pequeños, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego, fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegación...

—Dios mío—interrumpió Francisca,—bastantes hay ya; no añada usted más...

—¡Niña mimada!... Debe usted comprender, Francisca—siguió diciendo la Fontane,—que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el prójimo en un marco más ancho que el de la familia. Existen muchas nobles hermanas de la caridad, seglares.

—Sí—respondió Francisca poco convencida,—para las almas hermosas puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la mía, no tiene ninguno.

—Yo creí, Francisca—dijo la abuela con tono de reproche,—que tenía usted corazón.

—Mi corazón se atrofia en el celibato—respondió Francisca sin miramientos.—Siento que me voy volviendo mala...