—Buena solterona—murmuró Petra a la sordina.—Esto promete para el porvenir.

—Entonces, Francisca—dijo la Fontane,—no es usted de aquellas a quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor virginal...

—Absolutamente—respondió Francisca con la inconsciente franqueza que brilla en todas sus palabras y que le vale tantas críticas.—¿Existen, pues, casos de ese género?...

—Ciertamente. ¡Cuántas almas temen los rozamientos de la vida!...

—Sí—hizo observar la Melanval bajando púdicamente los párpados,—el matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y delicadas...

—¡Oh!—protestaron la abuela, Francisca y Petra.

—Yo misma—continuó la presidenta,—me he estremecido siempre de horror al pensar que un caballero hubiera podido besarme...

—Entonces—exclamó Francisca,—no tenía usted más que besarlo la primera, y así...

—¡Francisca!—dijeron todas a coro.—Schoking...

—Francisca razona como una niña caprichosa—respondió la Melanval.—Habrá que cuidar esa imaginación—añadió un poco descontenta.—Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazón y alma. Mala pendiente, hija mía; muy mala pendiente...