—¿Qué le voy a hacer?—suspiró Francisca en tono burlón.—Es el efecto en mí del celibato... Hay jóvenes que se vuelven de azúcar, como Genoveva; hay otras que se ponen más agrias que un limón, como yo... No comprendo por qué tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnífico ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios...
—Ciertas almas—respondió la Fontane,—prefieren su blancura de armiño a todos los goces de la vida... Ese sentimiento purísimo es infinitamente respetable, tanto como hermoso.
—Y muy raro—dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible para que no dijera alguna nueva tontería.
—Es muy difícil el saberlo exactamente—respondió la Fontane.—La pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es un secreto entre ellas y Dios.
—¡Secreto ideal!... ¡Secreto de amor!...—murmuró la Roubinet con la cara satisfecha de un niño que está comiendo dulces.
—En materia de secretos de amor—dijo la Fontane,—hay también afecciones interrumpidas por la muerte, la traición o cualquiera otra causa. Esas afecciones dejan en el corazón de ciertas jóvenes una huella bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir, envejecer y morir solos...
—¡Ah!—dijo Francisca estremeciéndose.—Nos deja usted heladas... Si eso es el amor no le quiero.
—¡Qué hermoso es el amor!—murmuró la Roubinet.
—Muy hermoso—replicó la abuela,—pero muy peligroso para cabezas jóvenes.
—No para la mía—objetó Francisca triunfante.