—¿Quién sabe?...—exhaló Genoveva en un aliento apenas perceptible.

—Una de las causas más frecuentes de celibato—dijo la Fontane,—es tener un carácter demasiado independiente.

—Detestable causa—exclamó la abuela dirigiéndome un suspiro.

—No es ese mi caso—afirmó la Sarcicourt, que temía probablemente que se le imputase semejante disposición.—En mi vida he sabido lo que era tener ideas fijas y personales...

—¡Pobre amiga!—respondió Francisca llena de lástima.

—Esa independencia de carácter—continuó la Fontane,—no sólo es un motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta también a no pocos jóvenes. ¿Qué vamos a hacer—piensan—de una mujer autoritaria y déspota?...

—Ahogarla—exclamó Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya formulado.

—Es un remedio un poquito radical—opinó la Sarcicourt, que no está por las medidas violentas.

—No se emplea casi nunca—respondió la Fontane.—Existe, por otra parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la carga de almas que ese estado lleva consigo.

—¡Qué valentía!—exclamó Genoveva riendo.—Eso huele a las Cruzadas, ¿eh, Petra?