Petra se encogió de hombros amablemente sin decir nada.
—El divorcio y la inseguridad en el matrimonio—prosiguió la Fontane,—provocan igualmente la vocación del celibato en algunas muchachas...
—Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... ¡Qué negro abismo!—exclamó la Melanval.
—«Corromper y ser corrompido, ha dicho Tácito, es lo que se llama el siglo»—dijo la Roubinet orgullosa de su frase.
—Por fortuna—observó la Melanval,—tenemos obras para evitar todos esos peligros... Así, la obra de la reforma social...
—No es suficiente—terminó Francisca con un resplandor malicioso en los ojos.—Haría falta una obra de los desengañados, una unión de las separadas, una liga contra los divorcios, una federación de celosas, y qué sé yo cuántas cosas más... ¿Tiene usted una asociación contra el celibato obligatorio?... Pues sería de primera utilidad. Admitirá usted fácilmente que si los motivos enumerados por la señorita Fontane impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a él...
—Ciertamente—respondió la Fontane con sonrisa burlona.—La insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas temibles y temidas.
—Esto es lo que se llama recibir una estocada—articuló Francisca.—Mea culpa... Mea culpa...
—Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevarían tan graves motivos de alarma.... Además, hay que tener en cuenta las presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo así que...
—Que no valen gran cosa...—concluyó Petra.—Me reconozco a mi vez... Mea máxima culpa...