»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.)
»Hago a usted juez de la situación.
»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de matrimonio.
»—Desgraciadamente—me dijo,—la muchacha no tiene otro dote más que sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...
»—Es mucho, tía.
»—¿Cómo mucho?
»—Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico, me contentaré con un matrimonio feliz.
»—Bravo muchacho—respondió mi tía, dándome un abrazo.»
—¡Diablo!—exclamó Francisca,—yo haría otro tanto... Ese Pedro es un corazón de oro...
«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal.