»Mi tía se quedó consternada.
»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado.
»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas.
»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer nuestro presupuesto la señora X... y su hija:
»—¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?—me preguntó mi futura suegra.
»—La que ella quiera—respondí galantemente.
»—Muy bien—continuó la señora X,—Susana no es exigente. Ya sabe usted que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de 80 pesos?
»—Concedido—respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado una suegra tan razonable.
»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente.
»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras: