Francisca me miró un instante en silencio, registró mi escritorio, descubrió mi diario y leyó las últimas páginas sin que yo pensase siquiera en oponerme.

—¡Vamos! esto es... Estás cogida, mi pobre amiga...

—¿Cómo cogida?...

—Sí, estás chiflada por el señor Baltet.

—Chiflada...

—Ciertamente... Le amas... ¿Comprendes ahora?

—No, no, Francisca, no te figures eso—exclamé espantada y sin llorar ya esta vez;—estoy enferma...

—Enferma... ¿Dónde?

—Por todas partes...

—Una especie de angustia, ¿eh?...