—¿Crees entonces?...—pregunté un poco influida por la convicción de Francisca.
—Sí... Con tus ideas y tu educación, tenía que suceder... ¡Ah! Magdalena, la solterona se transforma en una enamorada... Es graciosísimo...
Sonreí débilmente.
—No te burles, Francisca... Piensa que te puede suceder lo mismo...
—¿A mí?—exclamó indignada;—jamás... ¿Yo enamorada?... El amor, amiga mía, no es de mi cuerda.
—¿Y lo es de la mía?...
—Completamente... Tú eres cariñosa, Magdalena, y yo no... Por otra parte—añadió,—prefiero mi carácter al tuyo...
—Cada cual es como Dios le ha hecho—suspiré, envidiándole su filosofía y su buen humor.
—Desgraciadamente para ti. Teniendo corazón se sufre... Con un corazón de similor como el mío, todo importa poco... ¡Viva el similor!...
—¡Viva el amor!—respondí por lo bajo.