—¡Ah!...

—Jamás—me respondió,—me hubiera casado con una mujer que tuviese fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar que su amor...

—De modo que te has perdonado tu traición...

—Todavía no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se piensa, no se vive, ni se desea más que conquistar lo imposible...

—Aunque sea destrozando el corazón de otra...

—Qué importa... Es la lucha por la vida...

—Lucha horrible...

—Pero permitida.

—¿Por qué, desgraciada?...

—Por el instinto de la dicha... ¿Es ésta, acaso, un monopolio de las jóvenes que tienen dote?