—¿Somos tan felices?...

—Vuestra felicidad es insolente...

—¡Ah! Francisca—dije enternecida.—No tengo padre ni madre y me quitas el único hombre a quien hubiera podido amar...

—Era el único con quien podía yo casarme... Tú puedes escoger...

—Ya había escogido.

—Peor para ti... La cuestión no está en escoger, sino en ser escogida...

—Bueno—respondí.—Estoy vencida, luego no tengo razón... No te deseo ningún mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas más honrada como esposa que como amiga... ¿Le amas al menos?

—Todavía no—respondió Francisca después de un instante de vacilación.—Pero ya le amaré—añadió precipitadamente.

—O no le amarás—murmuré llena de angustia...—¡Qué triste es vivir!...

Francisca me miró, vaciló y se atrevió por fin a invitarme a su boda. Entregada a mí misma, hubiera rehusado con indignación; para salvar las apariencias, acepté.